28 octubre 2012

Exorcismo II: Vincemus.


Siguiendo con los exorcismos, tomémonos media hora para realizar el siguiente.

El otro día el Danilo se tomó un café conmigo. En mi casa. Mientras platicábamos lo que más me sorprendió fueron dos cosas que dijo: que yo me dedicaba a los antiguos, y llamó a Qualia, Bolillo. Bolillo fue mi anterior gatito que se perdió. Igual que Qualia era un gatito gris, aunque de talla muy pequeña. Lo que más me sorprendió de todo no fue el olvido del Danilo, sino hasta qué grado yo quedé congelada en su memoria... y cómo, en general, mi vida se quedó congelada. En estos dos años desde que se fue de la casa (casi exactamente dos años) él consiguió novia, se casó, terminó la maestría y está aplicando para irse a Holanda. En estos dos años, yo he visto como ha crecido mi gato. 

—¿Por qué dices que me dedico a antiguos, idiota? Le espeté, absolutamente sorprendida y ofendida. Tomé mi De homine y se lo puse en las manos mientras esperaba una respuesta. —Pues porque siempre estás con R. S.. —Y ¿eso qué?, pensé. Y me desquité: —Yo SÍ hago medievales, no como cierto dizquemedievalista que se dedica a Renacimiento ¿no? —Sí, ya me descaré, me contestó. De pronto me di cuenta de la poca importancia que tenía esa conversación. ¿Qué importaba que Daniel no supiera ni a qué me dedico? ¿Que no reconociera que hago Edad Media? Él, pensé, que si hiciera Edad Media lo haría siempre mucho mejor que yo. Que sabe mucho más latín que yo, que puede paleografiar, cuya cultura sobre la Edad Media es infinitamente mayor que la mía... pero ¿qué importancia tiene? ¿Qué importa que esté casado, que se vaya a ir a Holanda, que no haya perdido el trabajo en Acatlán como yo, que no supe hacer otra cosa sino esconderme, huir de ese lugar del demonio, donde Daniel encontraría tantas mujeres y, finalmente a su esposa. 

Mientras Daniel estaba en la casa esta última vez, me di cuenta del poco peligro que había de que pasara cualquier cosa. No me apetecía. Exactamente del mismo modo en que no me apetecía los últimos meses en que vivió aquí. Entonces, la inmovilidad de mi vida que tanto me asustó, me reveló algo: yo tenía ya mucho tiempo sin siquiera desearlo. Entonces ¿a qué vino el azote magnánimo cuando se fue?

Cuando se fue mi mundo perdió peso.

Mientras Daniel me contaba sus planes me di cuenta que al fin dejé de competir con él. Que no importa cómo esté resolviendo su vida, o mejor dicho, que ya no me importa: no tengo que cargar con ese fardo. Quizás la tragedia de la ruptura fue perder, de golpe, un enorme peso que me mantenía cohesionada y me mantenía con los pies en la tierra. Pero era un fardo...

El peso es necesario para que el mundo tenga arriba y abajo. Cuando se fue todo quedó ingrávido: por eso el tiempo dejó de pasar, por eso no había hacia dónde andar. Fue como una explosión y toda yo era esquirlas flotando. 

Sin embargo, hubo pequeños pesos que, poco a poco, me devolvieron a la tierra: mi padre que vino desde Mérida y, literalmente, me sacó de la cama para llevarme al psiquiatra. Mi madre que entraba hasta mi recámara cuando no contestaba el teléfono. Miguel que vino a casa el día que cumplimos doce años de habernos conocido a contarme cuentos. Paco que casi se quedaba conmigo en casa la mitad del tiempo. Ely que estaba siempre del otro lado del Skype. El Demiurgo que, en cuanto volvió de su viaje, me invitó a toda cosa que hacía... y todos me tuvieron paciencia hasta que pude incorporarme por mi misma y poner los pies en la tierra. 

¿Ya pude poner los pies en la tierra?

Sólo sé que, cuando vino Daniel a mi casa, se completó el exorcismo. 

2 comentarios:

bandala dijo...

Estimada y cara Esponja. Hace mucho que ando desaparecida de la blogósfera pero he aquí que he tenido que reincorporarme un poco más por compromiso académico que por convicción. Y he aquí que lo primero que he leído ha sido su post, el cual ha sido un detonante para repensar los exorcismos propios. Muchas gracias, hay un post dedicado a usted en un blog en estado casi vegetativo. Saludos y abrazos.

Laura Rubio dijo...

Esponjita hace tanto que no le visito y mire que me vengo a enterar de tremebunda circunstancia. Si que es extraordinaria la manera que tiene usted de mostrar un momento difícil de su vida, de un modo tan bellamente escrito que hace que le admire por su sinceridad y su capacidad para mostrar la belleza del lenguaje de modo tan pulcro.
Me alegro que ya se sienta mejor sin ese fardo. Reciba un abrazo.